IV


Ciudad de México, 2020



s e n t i d o s 



 “A town is saved, not more by the righteous men in it
than by the woods and swamps that surround it”

                                                                    Walking, H.D. Thoreau



Día a día encontramos mundos incrustados dentro de otros mundos. Caminando por alguna calle con pisos agrietados podemos ver salientes pícaras de valerosos musgos, pequeñas y lujosas plantas hidrófilas -líneas verdes de una lógica extraña inscritas sobre el asfalto, lógicas que le dan al suelo un sentido que jamás se planteó en su diseño.


El mundo en que Ralph Waldo Emerson, Henry David Thoreau y Walt Whitman vivieron es uno en que la humanidad occidental re-apropió el romance explorador, propulsándose hacia el oeste en búsqueda del sol y de un nuevo mundo. Lo que sería Estados Unidos era un deseo distante y en construcción, basado en proyecciones y promesas pintadas por carros de acero atravesando los bosques como búfalos de carga, evolucionando con cada década, y acortando las distancias entre un punto en el mapa y otro. Las líneas ferroviarias, atravesando el paisaje, eran como el musgo habitando las grietas de nuestro asfalto. Eran la promesa de lo distinto, esperando a que lograran manifestarse las fuerzas y condiciones necesarias para su reproducción y florecimiento.


Las condiciones generales para musgos felices son la humedad, la resolana y la limpieza del aire -condiciones que quizás tarden en regresar a las ciudades, ya que los humanos, en pañales, seguimos contaminando más nuestro entorno de lo que lo limpiamos. Sin embargo, la promesa sigue aquí -el musgo no ha querido irse. Su manera de permanecer es tomarse el cuerpo y regalarlo al mundo en forma de esporas. Estas viajan incontrolables, volando en grandes serpientes de aire que acarrean una mezcla de materia orgánica, polen y vida por todo el mundo. Millones de esporas danzan cuál orgía aérea, fecundando la faz de la tierra día con día, año con año.


La promesa se mezcla con nuestros propios desechos como un acertijo químico que deben descifrar nuestros cuerpos, nuestras células, respirando. La composición aérea entra y sale de nuestros pulmones con cada aliento. Oxígeno, tierra, monóxido de carbono, polen, excrementos, óxidos de azufre, esporas de musgo y muchas otras cosas recorren nuestros cuerpos. Por la nariz y la tráquea viaja el viento hacia nuestros pulmones, que al expandirse se saturan de mundo. Poco a poco mucosas y pelitos celulares llamados cilias van distinguiendo con mecánicas vitales lo que debe penetrarnos y lo que no -su delicado descifrar va dejando llegar hasta la sangre un depurado gaseoso que renovarán el fluir de la vida en nuestros cuerpos.


"Mi respiración y mi inspiración, el latido de mi corazón, el paso de mi sangre y del aire a través de mis pulmones;…Impulso, impulso e impulso; Siempre el creador impulso del mundo.”


Amanece la ciudad exudando vapores extraños que pocos cuerpos (por ahora) son capaces de procesar y convertir en otra cosa que lluvia ácida e intoxicaciones. A mis 26 años a veces me pregunto si mis cabellos blancos en parte tendrán que ver con la exposición a químicos que respiramos en el aire que van poco a poco oxidando nuestro sistema metabólico y de respiración celular. No es coincidencia que las comunidades indígenas que viven cerca de sitios de deshechos industriales comúnmente mueran de fallos renales a edades tan prontas como los 20 años, y que el cáncer se propague como la peste, diezmando poblaciones enteras como resultado de un racismo ecológico y sistemático. O si no, ¿quiénes viven dentro de los infiernos ambientales que han creado nuestros estilos de vida?


Unos cuantos cabellos blancos son un signo muy claro de privilegio.


Regresando a la ciudad, y a la polución visible pero dispersa, la tecnología que producimos para refugiarnos de estas condiciones, por ejemplo las máscaras N95 o algunos respiradores portátiles, aun son vistos como accesorios médicos para problemas graves (como la pandemia Covid-19), o demasiado costosos para que la persona trabajando en la tlapalería, o subiéndose a la micro puedan traerlas consigo. La tecnología de la vida y la protección del cuerpo va muy atrasada en relación al índice de transformación de nuestro entorno. Los seres humanos hemos tomado esta increíble capacidad de cambiar al mundo, como millones de hormigas cuando crean un hormiguero (capacidad biótica amplificada por nuestros particulares dones técnicos) para crear con ella entornos que al final del día resultan en un diálogo muy peculiar y contradictoria entre la vida y la muerte.


¿Qué mundos creamos? Salimos a la gran ciudad con deseos de absorber en nuestras vidas un reflejo de su maravilla, pero encontramos una realidad atravesada por violencia, injusticia y sufrimiento. Una nunca sabe que fue primero, si el huevo o la gallina, sin embargo en carne propia pareciera que lo que crea la violencia a niveles globales, ese ámbito de los titanes que dan origen a corporaciones sin escrúpulos éticos ni respeto a la integridad de la vida, es el extravío de una semilla del cuidado, de la bondad y del amor mismo; la posibilidad de conmovernos con las cosas simples de la vida y no dejar que las devore el tiempo. ¿En qué momento, o por qué proceso, se generó la escisión en nosotros que clamamos por un mundo más justo, mientras al mismo tiempo deseamos y reproducimos la producción de objetos y bienes inmateriales que sustentan la ignorancia y alimentan la miseria? ¿Siempre las personas hemos podido amar a algunos sin consecuentar la muerte ajena? No lo sé… pero regresemos a los musgos viviendo entre las grietas del asfalto.


Tal vez ahí haya respuestas.


Los musgos son plantas conocidas como briofitas, que significa plantas terrestres no vasculares. El ser no-vasculares significa que no tienen sistemas corporales que muevan agua de un lado al otro en su interior, por lo que los musgos han evolucionado en su forma para retener cuanta agua puedan por la mayor cantidad de tiempo. Al principio esto les fue fácil, delinearon cuerpos de agua con sus cuerpos, creciendo lentamente sobre las piedras, avanzando poco a poco hacia un mundo desconocido por la vida. Según la historia como la conocemos fueron ellas las pioneras en salir del mar.


Ellas, tan pequeñas.


Estas plantas, como casi todas, liberan oxigeno a la atmósfera, el oxigeno que ahora mismo respiramos. Seres ‘tan pequeños’ apoyan a la continuación de ciertas formas de vida con su mera existencia. La liberación de oxigeno al ambiente es parte fundamental de sus mecanismos vitales; viven porque dan oxígeno al ambiente, similar a nuestra exhalación de dióxido de carbono. Este mecanismo vital de las briofitas transformó el mundo, y en un plazo de 20 millones de años creó un ambiente, una atmósfera, que aun hoy, 450 millones de años después, sigue sosteniendo las condiciones para la vida de muchos seres, incluidos cada uno de nosotros. Este es el mundo que han creado los musgos.


Thoreau propone acercarnos a la otra-vida desde la consanguinidad, desde la co-herencia con las fuerzas primarias que nos animan. Nos abre una invitación difícil de declinar por más de tres minutos, al menos en una escala asible por nuestros sentidos.


Pero podemos intentarlo, hagamos un experimento:



inhala     




                                                      exhala          










                    inhala







      exhala




                      inhala



















y ya  
























             no más







Debiéndole nuestro aliento mismo a otros seres, ¿cómo podríamos no ser consanguíneos? Si nuestra sangre misma tiene como función el cargar hacia nuestras células los diminutos resultados de su exhalación. No por faltar el cordón umbilical se extingue la dependencia, y por el momento, y probablemente muchos momentos más, las capacidades técnicas, tecnológicas, conceptuales y perceptuales de nuestras comunidades humanas no podrán ser autosuficientes en términos bio-físicos. Si algo ha resaltado la evolución de nuestra sociedad es qué aunque la sangre sea valiosa e incluso indispensable, la red de relaciones en la cual nacemos excede por mucho al mundo humano. Habría sido interesante que hombres como Thoreau, Whitman y Emerson aprendieran a hablar las lenguas de los nativos americanos. En el universo alternativo donde los colonos entablan contacto y escuchan, ¿en qué se habrá convertido Estados Unidos? Quizás Thoreau haya encontrado finalmente una comunidad humana que en sintonía con las comunidades animales y vegetales le regalaran un respiro de aquella verdad Salvaje que tanto buscó.


Robin Wall Kimmerer, una brióloga de la Nación Potawatomi, indígenas de lo que ahora se conoce como Oklahoma, nos comparte que en su comunidad los conocimientos acumulados por generaciones de sabios enseñan que cada ser viene al mundo con un propósito. Cada hierba, cada zorro, cada persona, cada elemento tiene un rol que cumplir en una compleja red de reciprocidades; un telar de interdependencias que en contacto, y en concierto, son el latir del mundo. Todo ser posee dones vitales: un espíritu propio, una inteligencia única y una historia particular que le sirven de guía para descubrir estos regalos, y su utilidad para el mundo. Los musgos, por ejemplo, suavizan los nidos de las aves, cuidándolas del frío cuando son pequeñas. También recubren las rocas, protegiéndolas de la erosión y, con la ayuda de éstas, incluso purifican las aguas que los seres humanos hemos vuelto negras. Las aguas que en esta ciudad se derraman sobre los pedregales.


Accidentes sobre accidentes sobre accidentes.
La desidia, la prisa, la miseria…


Hace poco llegó a mi mundo un lugar. Un espacio que visto desde el cielo sería como ver al musgo creciendo entre las grietas del asfalto. Un simple desliz de escalas, un ajuste de perspectivas y son lo mismo- un mundo dentro de otro mundo que jamás pensó tenerlo allí. La Cantera de la UNAM es una gigantesca grieta sobre la superficie rocosa del sur de la Ciudad de México. Es el recuerdo de una herida sobre la faz de nuestra ciudad, una herencia minera al paisaje semi-desértico que conocemos como Pedregal. Un agujero, hecho por el hombre, tan gigantesco como para alojar gran parte del cascajo producto del temblor en el 85’, y aun así seguir siendo un mundo entero. El agua que se filtra entre las rocas corre y corre, cae y se filtra entre las pieles volcánicas, buscando salidas que encuentra en forma de chorritos grandotes y chiquitos, que se deslizan sobre la paredes basálticas, pintándolas de musgos que sin la destrucción (aquí) nunca habrían vivido.


¿Qué mundos creamos? Entre muchos otros, estos. La cantera no se hizo como un mundo para los musgos, o para los peces que llegaron como augurio de la vida que vendría, ni se hizo para los pájaros que se refugian de la ciudad entre sus paredes. No se hizo para eso y, sin embargo, ese es el rol que ha tomado en medio de nuestra urbe mexicana. Se ha pintado de verde. Ha devorado la herida, llenándola de una vida-otra incrustada entre la universidad y los pueblos del pedregal. Animales, hongos, insectos, plantas y bacterias, se mueven hacia la Cantera atraídas por las multiplicidades de la vida, poblándola con redes de vida muy distintas al ecosistema urbano, y distintas al ecosistema pedregoso que existía ahí mismo anteriormente. Ya no hay palos locos, debido a la humedad y el suelo de la hendidura, sin embargo no hay lugar en el pedregal que cuente con más musgos. Tampoco se han avistado ahí jamás zorros grises, y sin embargo viven carpas que jamás habrían podrían existir en la zona antes del destrozo. Una lógica salvaje se decanta hacia el fondo de esta cañada, creada por mano humana, sí, pero que excede por mucho al control de nuestras intenciones. Las interacciones entre especies florecen al ritmo en que crecen los árboles, y se crea poco a poco el suelo con el desprender de sus hojas. Acciones humanas hiladas al flujo de la vida misma hicieron crecer líneas de acero sobre los desiertos y los bosques. Ahora, también han echo crecer líneas de bosque entre el cemento, y con cada gota de agua que llega a la cantera, se van acumulando promesas.


El agua negra cae entre las grietas volcánicas. Los poros de la piedra van capturando partícula a partícula el rastro de lo humano, y al llegar a los nuevos lagos, la proporción de materia humana se ha reducido casi por completo.