III


Ahora cuando pienso en la Reserva cada vez me parece más persona.

No se qué sea. Por ahí las corrientes ecologistas, y el renacimiento indigenista por todo el mundo y la apreciación de formas distintas de la experiencia humana y el concimiento. Tal vez simplemente es el proceso de familiarización con un espacio, o ambas cosas y un poco de todo.

Lo cierto es que la reserva me es cada vez más alguien, y no algo.





Mis amigos Foucaultianos me han dicho que “aguas de no hacerla un sujeto”. Comprendo parcialmente; el proceso de subjetivación la hace vulnerable. Algunos ya no quieren ser sujetos. Sin embargo ir a visitarla se me antoja como se me antoja ir a ver a mis amigas. No puedo evitarlo. No es un ser pasivo, no soy yo la de el efecto sobre ella. Todo lo contrario, yo soy el ser pequeño aquí, y no sólo en escala. Quiero recostarme en ella y estar como se está con alguien con quien las palabras están de más- con quien se puede compartir en un silencio lleno de accidentes.





¿Cómo estar con alguien tan llena de historias, de contradicciones, de conflictos y de ternuras? A veces siento que la reserva me parece persona, por qué es muy fácil dibujar un simil entre ella y la vida de quienes habitamos esta ciudad.
Urbanas de corazón verde.
Superficies afiladas con ternura.
Resistencias que nacen desde la piel.
Violencias hilbanadas entre lluvias y sequías.

Un aliento entrecortado. Respiros obligados desde los cuales se alcanza a oir el constante zumbido de la vida citadina; ritmos desvariantes que a momentos la penetran en su silencio.






Y sin embargo
ella se mantiene
en su constancia de piedra y helechos
y miel.