II


La verdad es que me acerqué al Pedregal porque necesitaba respirar algo de verde y este es el verde más cercano a mi casa. Es un lugar que conozco desde chica aunque no lo haya explorado a profundidad. Sus piedras siempre me han sido familiares, al igual que sus plantas y sus animales. Sin embargo el ideal romántico de lo natural, el deso contemplativo de acercarse a un lugar verde y reconectar con una verdad arcáica y antigua, cuando aterriza en la reserva encuentra muchas más preguntas que respuestas. La piedra es abrazadora, y en general se ha cultivado un aura de peligro alrededor del Pedregal. Años de historias macabras han hecho de la Reserva un lugar en el cual “tienes que cuidarte” y donde es mejor que “no vayas sola”. Es difícil respirar así como estoy buscando.

En general la Reserva de San Angel está descuidada, y no por falta de esfuerzo. Hay muchas personas de corazones amplios que han dedicado su cariño y su tiempo a este recinto de vida. Yo mantengo que la responsabilidad más grande está en manos de la institución misma que se ha comprometido a cuidarla, y en cuantos recursos permite que fluyan hacia la conservación de este espacio. 





Un año después de comenzar este proyecto la Reserva aun me da miedo a veces. No siempre la siento como una invitación, y es triste darse cuenta poco a poco de que el miedo que me generan las piedras y los movimientos súbitos de las lagartijas poco tienen que ver con la vida-otra que reside entre las grietas. Le temo más a un posible ser humano que a este mundo desconocido.