I

Un relicto de Matorral Xerófilo, un ecosistema semi desértico, creciendo entre las grietas de un derrame volcánico. Más aún, es un oasis de vida salvaje que en los últimos cincuenta años se ha hecho testigo del hambriento y desaforado crecimiento de la ciudad hoy por hoy más poblada de América Latina. Un ecosistema asediado, rodeado por todos sus flancos por una urbanización voraz y contradictoria. Eso es la Reserva; un refugio para una memoria biológica que hemos desplazando.



Ella se resiste a nuestra destrucción y regala un espacio a millones de seres vivos que escapan del ruido y la velocidad humana. En el seno de sus arbustos, sus pastos, y sus tepozanes, viven ranas que cantan. Cantan la improbabilidad de su supervivencia, y sin embargo sobreviven. Thoreau nos incita hacia lo Salvaje, hacia la fuerza primaria de toda la vida que los sistemas de control, automatización y alienación tratan siempre de captar y poseer. Resiste, nos dice.

Como la salamandra, la vida se escurre entre los dedos del ansia humana, y cómo los musgos, regresa en sus formas más vitales y lujosas a alojarse sobre las ruinas de nuestras propias ambiciones. La Reserva es pero un ejemplo de esta increíble danza. Un cuerpo múltiple conformado por millones de seres dispersándose cada día por el cuerpo de la ciudad, y regresando a sus entrañas más salvajes para pasar la noche, tener sus hijos, y hacer su vida. Este cuerpo múltiple que es la reserva, no es tan diferente al nuestro propio, con sus bacterias y ácaros, insectos y células extrañas que nos atraviesan día con día como a un paisaje, donde siempre está resguardada, latente, una brisa salvaje.



Dentro de todo esto hay un espacio que me interesa. Un camellón de piedra, vegetación y basura. Me interesa simplemente porque fue el primer espacio con el que me encontré cuando quise “ir a explorar el pedregal”. Estrictamente ni es pedregal. O si es pedregal, pero no reserva. Es como un espacio intermedio, olvidado por los cuidados sociales que confiere el estatus de “reserva natural”. Es más bien como la naturaleza que nos permea por las rajadas de suelo con sus brotes tiernos. Esas naturalezas no son dignas de protección, como lo indica el camellón.



Me interesa más aún porque la basura que se enhebra con el suelo no es cualquier basura. Es un tipo de basura, y mucha de ella, que conota un uso particular del espacio, dándole un aire casi ritual, a momentos macabro, donde las fuerzas del erotismo y la violencia se entrelazan en este imaginario.

Condones. Miles. Tantos de ellos que al tapizar el suelo parecieran la forma natural del espacio. El camellón huele un poco a eso. A sexo. A sexo y a cigarros. Algunos de los condones todavía tienen restos de fluidos, y entre ellos se divisan vidrios rotos, colillas y pedazos de recuerdos olvidados como flores, cartas, mochilas abandonadas. Algo ocurre en este lugar; tantos niveles de violencia y ternura.



Y es que esta es una de las carta de presentación de la UNAM. Namás bajando de la espiral locochona que sale de la estación MB Universidad, ahí directo, a la izquierda, a pleno ojo de curioso, se encuentra el recinto de esta peculiar mística. Un poquito entre las piedras, pero sobre todo al aire libre, se encuentran las memorias de una comunidad completa. Y pareciera que esto son los pedregales. Desde afuera. Pareciera que esto los define. Es el encuentro más cercano, el ecosistema más “a la mano” del citadinos sureño sin opciones para irse una semana a los cabos o de viaje a la riviera maya. La experiencia de la naturaleza se queda enmarcada por unos cuantos condones y botellas rotas entre piedras volcánicas que absorben, en su forma, la violencia de sus compañeros.